Recuerdo la tarde en que cerré los ojos, cansados de los ocres, carentes de caricias, de limpieza, de paisaje azul y verde.
En las sienes, latidos asonantes, sudor plomizo de tormenta. En la piel las rojeces de unas piezas que no encajan, de unas piernas que atenazan y encadenan.
Se atraganta el pan que no alimenta pero engorda, ensancha el hambre y revienta en las costuras de las manos, en las líneas que predicen un pasado de agujeros y espirales.
Sueña el mono con posturas verticales, rompe el lomo y remeda al ser humano, dirigiendo con torpes ademanes una orquesta de ovaciones y gemidos de animales.
Ciego ya, carente de mirada, al trasluz, llora en rojo, nublando el horizonte de los párpados. El calor se descompone en agua y fuego resbalando por el borde de la cara y cae al cuello, y se hace sed en la voz y en la garganta.
Recuerdo que cerré los ojos una tarde y recuerdo mis pestañas atrapando el universo. Recuerdo oler el humo de una hoguera que no arde y el hervir de los colores diluyéndose en el suelo.
domingo, 24 de julio de 2016
Siesta estival
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